La democracia de las sociedades anónimas

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EL INDECISO

A veces se lo confunde con el Quiénsabe o, lo que es peor, con el Casicasi, con quienes está lejanamente emparentado.

El Indeciso, sin embargo, no goza de mala suerte como el Casicasi o de esa incapacidad innata del Quiénsabe para asumir un compromiso.

Con él lo que ocurre es que los rigores de la duda filosófica se extreman demasiado, y de esta forma nunca termina de indagar, de dudar, de preguntarse y de obtener respuestas insuficientes, que no son precisamente sobre asuntos existenciales como le sucede a los filósofos de verdad, sino sobre cuestiones elementales que a nadie más le provocan preocupación, salvo en ocasiones muy excepcionales, como  una boda o un acto de graduación.

El Indeciso o la Indecisa nunca encuentra la ropa apropiada, el color que más conviene, los zapatos que mejor van con su pie, los calcetines e incluso el resto de la ropa interior, aun cuando no tiene, por regla general, a quien mostrársela, porque también en la amistad y el amor el Indeciso jamás decide nada.

El Indeciso suele ser visitador habitual de tiendas de ropa o de calzado e incluso de las de artefactos electrodomésticos. Va tan seguido a estos lugares que al principio es la alegría de dueños y vendedores, porque creen que se trata de uno de esos compradores compulsivos que se acaban de sacar el premio mayor de la lotería. De este modo lo llegan a confundir con el Vacía Fortunas.

Al cabo  de algún tiempo, sin embargo, dos o tres semanas después, cuando se han cansado de atenderlo y hacerle cotizaciones y enumerarle las ventajas de un producto y  todas esas cosas que se hacen para ablandar la cartera del cliente lo más rápido posible, los vendedores, lo clasifican como Tacaño o como Avaro, pues raramente entienden la angustia existencial que lo abate.

Cuando tiene frente a sí un menú muy extenso, comienza por preguntarse ¿cuál de todos será el mejor plato? Pero ante la relatividad de las cosas duda, entonces se interroga de otro modo ¿cuál plato puede convenir ahora? Sin embargo, al ahondar en el sentido de la pregunta  descubre, como es natural, que ese ahora y esa conveniencia son enteramente subjetivos. Su hambre, en cambio, razona, es real, objetiva y, por ello, es menester calmarla con una receta adecuada a su organismo, es decir, de acuerdo con las normas nutricionales recomendadas por los expertos; pero en seguida descubre que sobre esto último no hay cuestiones concluyentes y que nadie tiene por qué privarse de un buen almuerzo o, al menos, de un almuerzo a su gusto.

En este punto suelen comenzar las dudas por cuestiones económicas, porque se le antojaba un plato de camarones jumbo, pero es mucho más caro que un filete de res que no estaría mal. Sin embargo la carne de res le podría caer pesada, y en el caso de los camarones, podría presentársele una intoxicación, aunque considera esto último como remoto; y así se va pasando el tiempo, mientras el mesero va y viene y él sin decidirse todavía.

En otras oportunidades cuando va por esos sitios donde hay muchos puestos de comida juntos, de esas que denominan buffet, se lo suele ver merodeando de puesto en puesto, estorbando en las filas, preguntando aquí y allá, a veces pidiendo probar algo. En este último caso, tiene la ventaja que después de una hora de haber probado hasta dos veces lo que le ofrecen en cada puesto, termina repleto y no es raro que con alguna molestia estomacal como consecuencia de la revoltura.

Es bastante conocido el caso  de un Indeciso que tiene más de cinco años de llegar a una tienda de electrodomésticos a comprar una refrigeradora que aún no termina de escoger. Los primeros días, más bien semanas, lo atendieron de maravilla. Primero un vendedor de turno que resultó mareado al cabo de tres días, entonces pidió el auxilio del vendedor del mes. Esté último soportó una semana y se alarmó, cuando descubrió que durante cinco días consecutivos no había acumulado un solo centavo por comisiones, entonces recurrió al vendedor estrella del almacén, cuyo record es haberse mantenido como mejor vendedor durante diez años consecutivos. Más inteligente que sus compañeros descubrió que el asunto requería mucho más que creatividad de su parte y optó por un plan que dos días después propuso al gerente general y dueño del almacén: que el cliente pagará un adelanto mientras se decidía para que no los hiciera perder el tiempo.

Ahí comenzó otra batalla que no fue fácil pues el indeciso acudió a la oficina de Protección al Consumidor a quejarse por lo que consideró un abuso, sin embargo el abogado del Almacén, con un brillante alegato, convenció a los funcionarios del gobierno, pues demostró que el señor en mención –El Indeciso– no era consumidor sino cliente, y por tanto ellos podían perfectamente  considerar la opción de no venderle, si él no aceptaba pagar un adelanto.

Acorralado no tuvo más remedio que pagar el 30% de enganche por un aparato que aún no se decide a comprar, y cuando la tienda no tiene mucha actividad los vendedores le hacen bromas acerca de nuevos modelos y –siempre en broma– más de uno le ha ofrecido que alquile los aparatos una semana cada uno, mientras consigue decidirse por el que más le conviene.

Otras veces se divierten oyéndole contar sus tragedias amorosas. Los trescientos setenta y siete intentos fallidos que, por ejemplo, tuvo con una de sus novias tratando de ofrecerle matrimonio. O las mil quinientas nueve veces que su última novia le preguntó que le respondiera si se casaría con ella, y él, igual número de veces le respondió que lo estaba pensando.

Jorge Luis Oviedo

De EL CAZABRUJAS y otros personajes

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