Si trabajas duro, serás rico

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Jorge Luis Oviedo

Es la recomendación que, con más frecuencia, dan los multimillonarios. Y sabe qué, es un mito o una perra como dicen por estos lares. 

Dicho de otra forma, una ilusión circense de muy mal gusto. 

Y esta afirmación lleva más de dos siglos; la hizo Adam Smith en su obra más conocida. La Riqueza de las Naciones(1776): 

Toda persona es rica o pobre según el grado que pueda disfrutar de las cosas necesarias, convenientes y agradables de la vida. Pero una vez que la división del trabajo se ha consolidado, el propio trabajo de cada hombre no podrá proporcionarle más que una proporción insignificante de esas tres cosas. La mayoría de ellas deberá obtenerlas del trabajo de otros hombres, y será por tanto rico o pobre según sea la cantidad de ese trabajo de que pueda disponer o sea capaz de comprar.” 

(Cap. 5 Del precio real y nominal de las mercancías, o de su precio en trabajo y su precio en moneda). 

Así inicia, Smith su teoría objetiva del valor que más adelante, le servirá a Marx para, sin cambiar ese aspecto básico, describir con detalle el origen y razón de ser de la plusvalía para los empresarios capitalistas. 

Porque se puede ser empresario o emprendedor  sin ser capitalistas. En otro escrito abordaremos esa diferencia. 

Jorge Luis Oviedo

    Una cosa está clara para todo ser viviente, particularmente, para los animales que habitamos esta esfera de roca, agua y naturaleza viva o muerta: necesitamos, a partir de cierta edad, trabajar.

    Trabajar es obligatorio (los impuestos, en cambio, son innecesarios; pero eso lo hemos demostrado en otro escrito. Recomiendo su lectura para que se sumen al debate) no podemos dejar de hacer ciertas cosas. Los perros, los caballos, los asnos, los reptiles, las aves, los insectos… todos necesitamos salir en busca de nuestro alimento, construir refugios y, encontrar, por instinto (aunque los humanos convirtamos en sublimes algunos de ellos), con quien procrear para que la especie no se extinga.

    También sabemos que el trabajo diligente (menos esfuerzo físico dedicado a una actividad) genera excedente; pero el excedente no, necesariamente, es sinónimo de riqueza o de acumulación. Implica, en principio, para quienes lo obtienen (individual o colectivamente), disfrutar de más horas de ocio. En esas condiciones tiene sentido la siguiente expresión: “Se trabaja para vivir, pero no se debe vivir solo para trabajar”.

    Esta expresión, sin embargo, actualmente, sólo es válida para un porcentaje reducido de la sociedad; la gran mayoría debe hacer los trabajos (siempre necesarios) pero menos rentables desde el punto de vista comercial o mercantil (valor de cambio es el tecnicismo que se popularizó a partir de Smith). 

    El trabajo rutinario y obligado del hogar que, en muchos países –incluido el nuestro– recae mayoritariamente en las mujeres; el del jardinero, el de los obreros de la construcción –rudo y peligroso–, el aburrido empleo de los vigilantes, el de los mecánicos –que se manchan de  la grasa   y el combustibles de los automóviles; el riesgoso trabajo de los pintores de brocha gorda a muchos pies de altura en una escalera que puede ceder sin previo aviso y, de paso, soportan sol o llovizna, picaduras de insectos; el de los fumigadores que están expuestos a sustancias tóxicas y pueden resultar esterilizados, en fin. Existen muchas ocupaciones entre las que es necesario destacar; a millones de personas que están vinculadas a la siembra y cosecha de productos alimenticios, granos, cereales, tubérculos, coles, frutas, verduras, etc.; así como aquellos otros  que trabajan en granjas avícolas recogiendo y empacando huevos, alimentando, vacunando pollos de engorde, pavos, patos; los que se pasan el día en las granjas de cerdos, limpiado sus comederos, lavando el excremento, etc.

    Todas estas personas trabajan duro, se agotan a menudo y los olores del estiércol de los cerdos, las aves, las vacas, los fermentos de la leche, etc. se anidan como un quiste en las trastiendas y laberintos  de la memoria con la fuerza de esos seres imaginarios en la mente de un esquizofrénico; y aunque se hayan bañado y perfumado para asistir a fiestas o reuniones familiares, creen que siguen aoestando como el lugar donde normalmente trabajan. Así les ocurre a los recolectores de la basura; su olfato de algún modo se adapta a los hedores pestilentes, a los ácidos y fermentos, pero fuera del ambiente de ese duro y desagradable trabajo, resurge con fuerza en la mente esa pesada mezcla maloliente. 

    La lista de empleos poco especializados que requieren esfuerzo, algún nivel de experiencia y que muchos deben hacer para que el resto de los humanos tenga su comida a tiempo; para que los mercados y  supermercados tengan los productos listos para ser adquiridos.  Estas personas solo que se ganen la lotería llegarían a gozar por, alguna temporada, de cierto bienestar o solvencia económica.

    Así que nadie se hace rico, porque trabajea diez o catorce horas  todos los días. Eso es, precisamente, lo que hace la mayoría de mujeres en decenas de países, todavía y  muchos obreros en diversidad de actividades mal remuneradas. Es decir, trabajan duro y lo que obtienen es mayor cansancio físico, dolencias provocadas por su rutinaria ocupación. 

    Una cosa es cierta, los que cultivan la tierra, los que pescan todos los días de forma artesanal y se mojan el culo, como dice el viejo refrán, aunque coman pescado, nunca serán los mejores, en fin; y los que nos alimentan a todos (primera necesidad básica de todo ser vivo) son los menos recompensados por su esfuerzo.

    Así es de injusto el orden impuesto por las élites que tienen el control. El poder de hacer leyes o de imponerlas a la medida de sus artilugios financieros. 

    Mi criterio es que los que producen alimentos, los que enseñan, los que curan y previenen las enfermedades y los que construyen refugios (viviendas) y vías de comunicación debieran ser los trabajadores mejor retribuidos; porque en ellos, esencialmente, descansa el resto de la sociedad.

    Los banqueros, por ejemplo, son innecesarios; nadie va a desnutrirse porque desaparezcan los banqueros; nadie, porque desaoezcan

los pastores, los sacerdotes, los abogados, los economistas, los demagogos que hacen de la política su profesión para engañar a los que pasan trabajando duro. Habría que obligarlos a hacer esos trabajos por su reiterada costumbre de servir de embaucadores de la mayoría de personas sencillas y confiadas.

    Lo digo con autoridad, por mis muchos oficio: ordeñar vacas desde los ocho años de edad; quemar guamiles (arbustos y pastos) antes de hacer milpa y frijolar; castrar cerdos y terneros; hacer carpintería de corte y clavo; construir galeras para ordeñar más cómodo en época lluviosa; cultivar hortalizas, repartir leche y queso todas las mañanas antes de tomar un baño, desayunar e ir a la escuela; disfrutar, como pocos, la niñez, adolescencia y juventud, jugando al fútbol; y ser apodado Maradona por ser catalogado el mejor jugador del equipo; y campeón de salto en garrocha (pero sin garrocha, porque era un tubo de cuatro metros de largo que compró, con su sueldo, el profesor de Educación Física de la Escuela Normal de Varones Centro América del Edén Comayagua. 

    Pero así era la mayoría de mis amigos y compañeros de aquella época. Hijos de padres diligentes que deseaban ver a sus hijos graduados de Educación Media y Universidad. Para hacer del país un mejor lugar y del mundo una Arcadia. 

    Por eso sé, que hay cosas que deben hacerse obligadamente. Nadie puede abstenerse de los alimentos, de contar con un refugio; relacionarse con otras personas, de evitar o curar los males que aquejan el cuerpo (las enfermedades). Esas cosas son imprescindibles para la salud física y mental.

    ¿Si no tenemos salud (y para ello hay que nutrirse adecuadamente y no vivir a la intemperie) qué sentido tiene lo demás para cada uno de los individuos que forman parte de una comunidad?

    Otro asunto relevante, la vida de una persona solo es trascendente en el ámbito de la comunidad, de la sociedad. De lo contrario, los que tanto exclaman que lo que poseen no se lo deben a nadie, ni al gobierno ni al sistema que los beneficia con sus políticas (sus leyes, muchas de ellas inconsultas, pero vigentes) ni a sus empleados ni a los partidos políticos ni a sus clientes ni a nadie, que pruebe entonces y viva como un Robinson Crusoe, si no quiere en una isla, en una finca de su propiedad, sin sirvientes, sin amigos, ni clientes, ni familiares… a ver ¿cómo le va de bien?

    Desafortunadamente la mayoría de personas no se preguntan, por ejemplo:  ¿por qué se nos obliga a continuar las prácticas o costumbres de las generaciones anteriores? ¿Por qué, si después de 250 años de imposición capitalista se demuestra con cifras certeras que solo el 1% de la población vive de forma que resuelve lo básico, lo conveniente y lo agradable, como postula Smith, quieren que un 90% viva como esclavo de esas prácticas (despojo legal) que excluyen, provocan desempleo y pobreza?

    Es claro que las élites que se volvieron ricas (no las naciones, hoy en día endeudadas con exageración) son las que obtienen los máximos beneficios en todo (acumulación de dinero, el menos relevante materialmente hablando, conocimiento más avanzado en todos los ámbitos, adquisición de los profesionales más capacitados (porque los compran a través de salarios elevados); control de la información, el entrenamiento, la industria militar, la farmacéutica y la psicología de masas)  e imponen el Orden Social, la Cultura Dominante sin ninguna justificación comprobable, sino con el superficial argumento de la tradición, de la costumbre.

    Así resulta que la CULTURA DOMINANTE, al ser asumida en la infancia, pasa de una generación a otra y se consolida. De esta manera el orden establecido por las minorías ha sobrevivido dos grandes revoluciones que surgieron, no a tanto de las luchas sociales, sino por los inventos de instrumentos, como los de labranza o, por la mecanización; tal como ocurrió, primero con la invención de la agricultura y, después, con la Revolución Industrial.

    Discrepo con Marx y Engels, cuando sostienen (en el Manifiesto Comunista) que la burguesía es revolucionaria. No lo eran, ni lo pretendieron; simplemente fueron empujados por la ola que generaron las máquinas provocando el surgimiento de una relaciones laborales  y comerciales de mayor facilidad para esconder la perversidad de sus razones que, finalmente convirtieron en ideología: el lucro como finalidad suprema de la existencia. 

    No hubo cambió de fondo en la esencia del PODER. Tampoco en la relación entre patronos y trabajadores asalariados, cuando fueron sustituidas las monarquías por las repúblicas modernas. 

El poder “absoluto” de los monarcas (que contaban con cortesanos experimentados en asuntos de estado) fue sustituido por el de los oligarcas (que cuentan con la intelectualidad orgánica experimentada); que constituyen el poder real y “absoluto”, camuflado en los representantes electos periódicamente que sólo se les permite hacer cambios cosméticos; pero jamás someter a fondo las relaciones de poder. 

    Se dirá que de vez en cuando alguien ingresa y pasa a formar parte de esa élite acumuladora y “altruista”; pero esa rendija que se generó con el fin de las monarquías europeas y no con el de otras que aún existen, pero son aliadas de estas práctica occidentales, es precisamente lo que volvió menos VISIBLE el control que los capitalistas tienen sobre los gobiernos “libremente o fraudulentamente electos”. A los empresarios más exitosos o mayores acumuladores de riqueza y bienes materiales se los presenta como si fuesen los súper héroes de carne y hueso y como que en el capitalismo es posible. (8 personas en el mundo poseen tanto como 3600 millones que tienen ingresos bajos, ahí donde se encuentran los campesinos, los recogedores de basura, pintores de brocha gorda).

    Cuando las condiciones ideales  de la economía de mercado no funcionan (y esto ocurre la mayor parte del tiempo) especialmente en los países que, como los de África, le proporcionaron un lucrativo negocio a Portugal con la venta de esclavos. Después con la colonización impune que alcanza hasta nuestros días en que tienen el cinismo de seguirnos civilizando. Muy especialmente a través del hijo bastardo de América del Norte; que hoy chantajea la mayor parte de las naciones de ese continente y se impone como Imperio, por medio de su poderío mimitar. ¡Allí su Fuerza, allí su debilidad! 

    Por eso, ese liberalismo político, social y económico que se forjó con el comercio, con las exploraciones, conquistas y colonización que Europa hizo en (y con) la mayor parte del mundo, se quedó en el idilio. Algunos reinos y república europeas alcanzaron, a costillas del saqueo y la explotación y vejación de las poblaciones nativas y de la esclavitud indignante de los pueblos originario de Africa que dispersaron por todo el continente americano, su sacrosanto progreso, su bendecida riqueza nacional.

    Pero en esa misma Europa, durante el siglo XIX, la mayoría de personas endeudadas, desempleadas, empobrecida llegaron a cuestionar el sistema capitalista surgido de la Revolución Industrial y en algunas ocasiones destruyeron las fábrica; en otras fueron más allá y se asociaron hasta el intento se formar comunas como sucedió en París en 1871.

    Sin embargo, y especialmente para los países periféricos, más allá de las rebeliones y los intentos revolucionarios fallidos y de los que han logrado volverse referentes, como el Cubano o como el modelo de mercado de la China Popular, bajo control del Partido Único (representado por sus militantes) 

la mayoría de los pueblos, lo único que saben  es que casi todo está mal; pero no saben qué exactamente; y se terminan refugiando en lo religioso, en lo mítico y lo místico: costumbres todas que esconden la explicación lógica de las cosas; y la sustituyen por la especulación, la superstición y las promesas de una vida espléndida después de la muerte para los sufridos y obedientes. Y todo, porque anímicamente,  a la mayor parte de las personas, les resulta más fácil ser creyentes que dudantes.

    Adam Smith sostenía que:  “Toda persona es rica o pobre según el grado que pueda disfrutar de las cosas necesarias, convenientes y agradables de la vida. Pero una vez que la división del trabajo se ha consolidado, el propio trabajo de cada hombre no podrá proporcionarle más que una proporción insignificante de esas tres cosas. La mayoría de ellas deberá obtenerlas del trabajo de otros hombres, y será por tanto rico o pobre según sea la cantidad de ese trabajo de que pueda disponer o sea capaz de comprar.”

    Está claro, entonces, que el trabajo una vez dividido socialmente: obrero, artesano, campesino, profesional, etc. no podrá permitir jamás que todos los individuos obtengan lo NECESARIO, LO CONVENIENTE Y LO AGRADABLE –de su actividad u oficio, por más excelentes que sean en él–  en una proporción similar  o equitativa para todos, como se hace en un grupo familiar o, como lo hacían la mayoría de las tribus de cazadores recolectores o las sociedades comunitarias semi nómadas. 

    La división social del trabajo comenzó hace varios milenios y, básicamente, con la invención de la agricultura: la primera de las tres grandes Revoluciones en la historia humana y,  la más trascendente, porque hasta ella se remonta el origen de algunas de las tradiciones más antiguas: la propiedad privada (especialmente sobre la tenencia de la tierra), las clases y castas sociales, la herencia de poder y riqueza, entre otras antiguas y arraigadas costumbres que se han mantenido como derechos individuales hasta nuestros días y, desafortunadamente, favorables a una minoría. Para el resto son mera ilusión. Por ejemplo, los pueblos originarios en América, África, Oceanía, gran parte de Asia, fueron progresivamente aniquilados unos, convertidos en esclavos otros y, finalmente, la mayoría reducidos a pequeñas reducciones de hecho algunas y, otras, legalmente establecidas; pero siempre IMPUESTAS. 

    Cuando Adam Smith escribe La Riqueza de las Naciones está comenzando la Revolución Industrial en Inglaterra y otras partes de Europa; pero la división social del trabajo llevaba milenios y muchas sociedades no solo tienen clases sociales, sino castas; una minoría goza de las tres cosas con exceso, mientras que la mayoría solo de la primera y, a veces otro porcentaje (clase media) de la segunda y, esporádicamente (con endeudamiento) de la tercera. Eso, incluso, en las naciones “ricas”.     

    En el siglo XVIII las ideas liberales se estaban afianzando, se trataba en realidad, de darle sentido, justificación, explicación a la conformación de una sociedad distinta a la AGRARIA; pero la mecanización, a la vez que impulsó el comercio –que benefició y continúa beneficiando a una minoría– no modificó en nada las relaciones de poder; por el contrario, la volvió más compleja y el trabajo resultó más agotador y precario. 

    Así que para los comerciantes, para algunos industriales y para los terratenientes (los nobles) surgió la posibilidad de acumular riqueza con muy poco esfuerzo, aunque con bastante cinismo.

    Para los campesinos, los obreros, los artesanos y las profesiones que paulatinamente surgieron con el transcurrir de las décadas, el trabajo se volvió, para unos, agotador y menos remunerado; y, para campesinos y artesanos, incierto; porque algunas veces podía irles bien y, por lo general, muy mal. Estos últimos quedarían a expensas de los comerciantes.

    Es importante señalar que así cómo en los albores de la Revolución AGRÍCOLA unos pocos se impusieron como jefes, sacerdotes, guerreros; paulatinamente y, en la medida que las sociedades se volvieron más grandes y complejas, surgieron otras actividades humanas que resultaron mejor recompensadas. 

    De la Revolución Industrial surgirían otras ocupaciones menos agotadoras que las del agricultor, el ganadero, el artesano, el jardinero, el albañil. Estas son las distintas profesiones vinculadas al comercio, al sector financiero (hoy en día todo poderoso), el entretenimiento (circo moderno que abarca los deportes, el cine, la televisión, las redes sociales) y de mucha importancia, porque   contribuye a la consolidación del poder de una élite muy reducida.

    Actualmente nos encontramos inmersos en otra Revolución, la Informática. 

    Además del enorme flujo de información, experimentamos otros cambios de forma en el ámbito del poder con que las élites controlan al resto de la población. 

    Sin embargo, ya en el siglo XVIII, Adam Smith había escrito el Capítulo 8: “Los patronos, al ser menos, pueden asociarse con más facilidad…” Más adelante, en el mismo capítulo al comparar las asociaciones y las acciones de obreros y patronos, dice: “Se ha dicho que las asociaciones de patronos son inusuales y las de obreros usuales. Pero el que imagine que por ello los patronos no se unen, no sabe nada de nada. Los patronos están siempre y en todo lugar en una especie de acuerdo, tácito, pero constante y uniforme, para no elevar los salarios sobre la tasa que exista en cada momento. Violar este concierto es en todo lugar el acto más impopular, y expone al patrono que lo comete al reproche entre sus vecinos y sus pares. Es verdad que rara vez oímos hablar de este acuerdo, porque es el estado de cosas usual, y uno podría decir natural, del que nadie  oye hablar jamás. Los patronos a veces entran en uniones particulares para hundir los salarios por debajo de esa tasa.”

Un poco más adelante, en el mismo capítulo, Smith se apoya en el Sr. Cantillón (seguramente Richard Cantillon, 1680 -1734, irlandés) y autor del Ensayo Sobre la Naturaleza General del Comercio; y dice “El Sr. Cantillon supone por esta razón (se refiere a lo necesario para la supervivencia de un trabajador y su familia) “que en todas partes los trabajadores más modestos  deben ganar al menos el doble de lo que necesitan para subsistir, para que puedan por pareja criar dos hijos…”

    Debemos concluir diciendo lo siguiente: trabajar es necesario y conveniente. Lo ideal, al menos, lo deseable, es que la sociedad se organizara como ocurre en las familias más sensatas, donde los padres asignan a sus hijos las tareas que hacen mejor, por el conocimiento que tienen de ellos. En el mercado laboral no sucede así. 

    De nuevo los patronos emplean a sus hijos, allí donde son dueños de empresas, y les dan los mejores salarios y el trabajo menos duro. En ocasiones solo figuran en las planillas. Cuando financian un político, logran enviar a sus hijos, junto al del político que forma parte del gobierno, a estudiar al extranjero a través del servicio diplomático. Después los colocan como ministros en el gobierno o como embajadores.

    La pregunta obligada es ¿Hasta cuándo continuará la mayoría de la población con la esperanza de que la situación cambie?

    La respuesta es nunca; nunca una clase gobernante ha renunciado del poder. Las monarquías europeas, por ejemplo, al final terminaron estableciendo, en la mayoría de países, alianza con los oligarcas burgueses.

    Así que mientras amplios sectores sociales de profesionales obreros y campesinos no se organicen para su beneficio, al margen del orden establecido, y creen su propia sociedad y su propia economía (como algunas sociedad secretas lo hacen), todo seguirá de mal en peor.

    Para el 2030 el desempleo a nivel mundial puede ser del 30% de la población activa, porque los niveles de automatización que están por venir a partir del 2021 en China y otros países, dejarán sin empleo a los conductores de taxis, buses, camiones; a muchísimos obreros de la construcción, a diseñadores de edificios, puentes, carreteras, alcantarillas y a la mayor parte de las cuadrillas de trabajadores, entre otras actividades que serán sustituidas por la nueva generación de máquinas contratadas por la inteligencia artificial.

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