La inversión extranjera y la dependencia

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Jorge Luis Oviedo

Desde los inicios de las Repúblicas modernas, el dinero sustituyó la espada, el arcabuz, la metralla, etc. siempre y cuando se aceptara el sometimiento. De lo contrario la alternativa del golpe de estado o la invasión se volvieron necesarias.

El siglo XIX se caracterizó por las discrepancias internas, mientras gringos, ingleses y otros europeos se incorporaban al festín. Hubo inestabilidad, gobiernos que duraban, en ocasiones 24 horas y otros que se extendieron por décadas; en ambos casos los extranjeros sacaron provecho de los gobernantes inexpertos, ilusos o perversos.

Lo cierto es que para finales del XIX la inversión externa, es decir, la conquista blanda, la colonización concertada o por consenso había encontrado suelo fértil en los delirios de grandeza de caudillos rudos o de abogados perfumados.

 Durante el siglo XX todo fue andadura por las vías de los trenes. Lo llamaban progreso, desarrollo, modernidad.

Se trataba de la llegada con retraso de la Revolución Industrial y del capitalismo de la periferia: Inversión externa y exportación de materias primas. Se trataba de construir independencia sin soberanía; de administrar países con un modelo nuevo: adquirir gobernantes y empresarios emergentes para controlar el mundo de la periferia.

Y así, con la complacencia de los países hegemónicos como el de USA, hubo aventureros, filibusteros , especialmente en la segunda mitad del siglo XIX, que encontraron una forma de entretenimiento (para adultos) poniendo o quitando gobernantes locales y, con ello, fortaleciendo la expansión de las compañías mineras, primero; y  de las fruteras unas décadas más tarde: había llegado la hora de las repúblicas bananeras.

Y las compañías… ¡qué nobles compañías habían encontrado estos paisanajes! pusieron y quitaron presidentes, declararon guerras al vecindario y encontraron la paz comprando acciones; y financiaron presupuestos, “revoluciones” (otra forma de nombrar los golpes de estado o de costado, es mejor decir), ferrocarriles imaginarios de costa a costa y compraron diputados a precio de mula vieja; y no hubo deuda externa, porque las fruteras pagaban la cuenta prestando y ampliando acciones y extensiones territoriales.

Después fue  Breton Wood.  Ya no importaba  el poder de acumulación originario, porque la Segunda Guerra Mundial (de Europa), le había dado una gran oportunidad “accionaria” a USA (especialmente después de probar la bomba atómica en dos ciudades japonesas, para amedrentar a los soviéticos y chantajear a la Europa Occidental); porque, en esencia, todo se basa en el mantener el control total del poder; así se afianzó entonces la hegemonía de USA y el neocolonialismo actual, que está determinado por la inversión de capitales ( el máximo mecanismo estafador capitalista) pero con control total a través de armas, política, tecnologías, espionaje ( actualmente electrónico) y chantaje permanente a las oligarquías periféricas y sus gobiernos, después de haberlos vuelto corruptos y sanguinarios.

La magia capitalista en el ámbito financiero funciona como un espejismo, como una venta de ilusiones. Los bancos emiten moneda de la nada; basta que en su contabilidad haya un registro de depósitos; así, de cada unidad monetaria se podrán prestar hasta diez. Este dinero que no se ve; pero sirve para que el inversor incremente su riqueza en el mediano plazo, porque, a lo sumo, pagará a los empleados locales (de la maquila instalada), adquirirá maquinaria en su país de origen e incrementará la dependencia.

Es lo que ha estado ocurriendo en la mayoría de países periféricos como en el caso de los hispanoamericanos. Aunque hay contadas excepciones como la de China. El sistema capitalista sigue funcionando desde mediados del siglo XX  bajo esa sutil estrategia.

El dinero, de acuerdo con su origen, es un medio de intercambio que facilita el trueque; pero usado con el poder hegemónico (respaldado por el poder  de las bases militares y el intervencionismo imperial) se ha convertido en el principal medio de dominación.

De ahí que las monedas locales, de la mayoría de países, en la actualidad son una patética muestra de la dependencia a través de la obligada devaluación, que privilegia a un grupito y empobrece y excluye a las mayorías. La mayor competitividad de exportación que genera una devaluación monetaria, se traduce en menos ingresos para los empleados de la empresas exportadoras y para la generalidad de los asalariados de un país.

Y esto es así, porque las oligarquías locales decidieron volverse aliados de la dominación extranjera, para llevar una vida similar a la de los ricachones de USA, EUROPA y otras latitudes, donde unos pocos se enriquecen a costillas del trabajo  que esclaviza o excluye a las grandes mayorías.

Los multimillonarios locales se reducen a una veintena, a ellos se agrega una servidumbre bien pagada, que les hace todos tipo de mandados: son políticos de profesión, fiscales, jueces de supremas cortes, gerentes de empresas.

No hay un solo país en el globo que haya alcanzado un nivel de desarrollo y bienestar para su población debido a la inversión extranjera; porque a través de esta solo se enriquecen más y más los multimillonarios de los países hegemónicos, mientras los ricachones locales se entretienen financiando e imponiendo candidatos para gobernar las migajas que dejan  los multimillonarios de los estados hegemónicos.

Versión resumida, septiembre de 2019.

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