INDEPENDENCIA, IDENTIDAD, Y DESARRAIGO: EL PAPEL DE LOS MEDIOS

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Jorge Luis Oviedo

Si bien es cierto que no existe razas o fisonomías puras y los encuentros de grupos humanos, amistosos algunas veces, violentos en la mayoría de las ocasiones, se han producido desde los tiempos prehistóricos; también es cierto que de una nación a otra se moldearon patrones culturales, tradiciones, creencias, en fin, un sentido de identidad  que da cohesión a un grupo.

         El ser humano es uno solo, de modo que el africano con el asiático y este con el europeo o el americano se parecen en los aspectos fundamentales y en las conductas básicas; esto es, han sido capaces de construir principios y valores que dan sustento a su existencia, de ahí las muchas coincidencias; pero también las múltiples diferencias al momento de descubrir los detalles que se tornan significativos como parte de una cultura.

Aunque se puedan estereotipar algunos de estos aspectos que dan distinción a un pueblo; por ejemplo, en el ámbito de la personalidad, cuando se resalta en unos lo flemático, en otros lo apasionado, lo altanero, lo ególatra, lo ingenioso,  etc., estamos, de algún modo, haciendo distinciones que sirven para dar o indicar identidad colectiva; porque, a final de cuentas, cada individuo, es único o, por lo menos, debe aspirar a serlo.

         Sin embargo, el ser individual se fortalece a través del ser colectivo, es decir, del reconocimiento previo de la existencia de una identidad que puede llamarse nacional, regional, comunal; pero que da sentido de grupo, del grupo al cual pertenecemos, con el cual nos sentimos mejor y al cual, como en el ámbito familiar, preferimos apoyar primero. Dicho de otro modo, como reza el refrán: “Primero los dientes y después los parientes.

         Esta lógica se ha roto o se ha venido resquebrajando paulatinamente, en unos países más que en otros.

         Los españoles, por ejemplo, y lo mismo ocurrió con los demás pueblos europeos que colonizaron territorios americanos, nunca terminaron de conquistar ni de colonizar a lo largo de trescientos años; sin embargo, los países que más han impulsado la industria del entretenimiento, a través del cine y los medios electrónicos como la radio y la  televisión, aculturizaron, en menos de medio siglo, mucho más territorio y poblaciones diversas que los españoles desde finales del siglo XV hasta la segunda década del siglo XIX.

         Así, pues, en la antigüedad, el aislamiento fue la barrera protectora  y la causa principal de la diversidad de culturas que, aún hoy, algunos conglomerados se esmeran en conservar.

          Los medios, como la imprenta en sus inicios, debieron servir para fortalecer la diversidad cultural, tal como lo han propuesto muchísimos intelectuales de los más variados orígenes, y no servir para afianzar las conductas hegemónicas de aquellos que, por circunstancias históricas, se encuentran en la actualidad en la posición más ventajosa para influir en el resto del mundo.

         Sin duda que, antes que se fortaleciera a plenitud la globalización,  los países de África, América Latina y algunos de Asia y de Oceanía, es decir, el denominado Tercer Mundo, han sido y siguen siendo los  más afectados por esta colonización cultural y, por el contrario, los países industrializados y con mejor nivel de vida, son los que  han impuesto la hegemonía a través de los medios de comunicación, tanto en lo interno, pero mucho más en lo externo.

         La aculturación impuesta, sobre todo por la televisión privada; especialmente, porque priva a la mayoría de la identificación con su conglomerado local y, en lo individual, se priva a cada uno, de la imaginación, pues se le impone el catecismo mediático de la información, el entretenimiento y la religiosidad “conveniente», para que se vuelva obediente y no deliberante.

         En todo caso, no es argumento la pobreza, excusa recurrente de muchos, lo que ha facilitado esta aculturación despiadada e indigna que genera tanto desarraigo en nuestros países.

         Quienes se han confabulado por ignorancia, indolencia o perversidad son aquellos que han tenido, en distintos momentos, el poder de decisión en las regiones periféricas.

         Baste señalar que en 1830, poquísimo después de que Morazán introduce la primera imprenta a Honduras, el primer libro que se edita es uno de matemáticas; pero ni en los inicios de la radio, ni en los de la televisión hondureñas, se registra que los primeros programas transmitidos hayan sido educativos o de verdadero interés cultural; si así hubiese ocurrido, la mayor parte de los programas en radio y televisión en Honduras, en la actualidad, serían de esa índole y, por tanto, después de más de 80 años de radio y de 60 de televisión, la sociedad hondureña sería mejor.

         La última década del siglo anterior, si bien no sustituyó los medios electrónicos anteriores ni el cine de ficción, –una de las formas más efectivas de propaganda imperial capitalista al estilo de la industria de Holliwood–, con el uso de la Internet, cada año con más cobertura, velocidad y cantidad de información, especialmente la que entretiene y mantiene cautivas las mentes desprevenidas y de paso, sustituye los testimonios insitu de pecadores arrepentidos o de alcohólicos redimidos, pues resulta que Facebook, por ejemplo, explota el deseo de ser tomado en cuenta por los demás, no por superar a Morazán como estadista, a José del Valle como pensador, a Froilán Turcios como abanderado de la causa de Sandino en su lucha antiimperialista y como defensor infatigable, con sus escritos, de la soberanía nacional; o como un Newton, un Darwin, un Gagarin, un Picasso, un Lázaro Cárdenas, un Salvador Moncada. De modo que unos cuantos logran trascender por la superación constante de los niveles de estupidez y, de paso, dejan sus perfiles disponibles para la vigilancia global que se realiza desde estas redes sociales.

         Así, lo único que ha cambiado en esta dominación o domesticación mediática a través de la INTERNET y los teléfonos inteligentes (que vuelven más ignorantes a millones de personas) es que el chisme de barrio y las gracejadas de escaso ingenio han trascendido las fronteras geográficas (los barrios).

         En las televisoras se debate por horas en torno a la expansión incolora de las ventosidades o del mal olor de los pies de un presentador de tv, o de si los ojos de un atropellado quedaron fuera de sus cuencas.

         La posmodernidad mediática habría que decir, ha reducido aún más la posibilidad de independizar el pensamiento individual para darle sentido a la identidad en colectivo: pueblo, nación, subcontinente.

         Nada de eso, porque la diversidad cultural y la diversidad de pensamiento es reducida a la mera descripción de sucesos, o comentarios (académicos) de lecturas provenientes de las regiones hegemónicas y a la adopción, para la gran mayoría, de modas y ritmos difundidos por el aparato mediático de la globalización de la estupidez.

Septiembre de 2019, a 198 años de la Independencia que no hizo el pueblo y que declararon los criollos y las autoridades coloniales.

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