El continuismo

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Edmundo Orellana Catedrático universitario

Mientras respire que nadie aspire” rezaba el slogan de campaña de los fieles seguidores del caudillo más longevo de República Dominicana, Joaquín Balaguer, al final de sus días, luego de ser presidente por siete veces, después de sobrevivir la dictadura de Trujillo, de quien fue, con palabras suyas, “cortesano” y de quien dijo, cuando murió, que fue el “mejor guardián de la paz pública”, pero que, al recibir la visita de Fidel Castro, archienemigo del tirano, en su casa de habitación -revelando su carácter camaleónico, que explica cómo sobrevivió a la “era de Trujillo”-, le dijo: “Me tiene aquí como un soldado suyo. Soy un admirador ferviente y me identifico con sus ideas de independencia y libertad de los pueblos y la libre determinación”. Zorro el nonagenario caudillo.

Ejemplos como este se cuentan a montones en los regímenes presidenciales, sin que sea la excepción Estados Unidos, cuando, rompiendo la tradición inaugurada por Washington, de reelegirse una vez nada más, y contra la que no pudieron Grant ni el primer Roosevelt, un pariente de este, Franklin Delano Roosevelt, logró ser electo por cuarta vez a la presidencia, aduciendo que “si la convención (del Partido Demócrata) me propone para la presidencia, aceptaré. Si el pueblo me elige, obedeceré”, “y serviré en este despacho, si eso me ordena el comandante en jefe de todos nosotros: el pueblo soberano de los Estados Unidos”, lo que alarmó a los políticos gringos de la época, quienes decidieron, mediante la Enmienda 22, constitucional, limitar la reelección a un período, para evitar la reelección indefinida.

Propicia el continuismo la creencia de que solo quien ocupa la presidencia puede garantizar la gobernabilidad o la continuidad de sus logros, como lo reconoció Truman en sus memorias. “Se me ha preguntado, -escribió- por qué en 1944 había participado en la campaña a favor del cuarto mandato de Franklin D. Roosevelt, en contra de mi convicción de que ningún presidente debe serlo más que en dos mandatos. La respuesta es sencilla; sabía lo que habría sucedido en 1944, si Roosevelt y sus ideales no hubiesen continuado presidiendo nuestra política en aquellos tiempos extremadamente críticos”, y seguía diciendo: “en cuestión de unos meses, hubiésemos visto la revocación o la anulación de gran parte del acertado programa social por el cual Roosevelt y los demócratas habían luchado tan duramente durante los dieciséis últimos años”.

Son, para sus seguidores, imprescindibles, cuando no providenciales. Entre estos últimos se cuentan Porfirio Díaz, Carías Andino y todos aquellos que se creen predestinados a gobernar indefinidamente, invocando la voluntad de Dios y recurriendo a todo tipo de argucias, incluido el fraude electoral, como ocurre en el caso del gobernante hondureño.

Esos providenciales acarrean tragedias, como es el caso de Ortega, con aproximadamente 500 muertos como saldo de su insensata represión contra el pueblo nicaragüense, que se ha tomado las calles, en ejercicio de su sagrado derecho a la insurrección. Maduro, quien se considera el heredero de Chávez y, por medio de este, del ideal bolivariano, podría encontrarse en similar situación, con la diferencia de que, en este caso, las desgracias históricas del pueblo venezolano son ocasionadas por las inagotables riquezas de su subsuelo, que despiertan la voracidad de sus gobernantes y de las potencias mundiales.

Nuestra Constitución de 1957 claramente estableció la diferencia entre el continuismo y la reelección. En el acto oficial por el que se le hacía entrega de la Constitución al presidente Villeda Morales, el presidente de la Constituyente, Modesto Rodas Alvarado, dijo: “El continuismo y la reelección, aristas del despotismo untadas de sangre, desaparecen de la norma al afirmar el derecho del pueblo para emplear la violencia cuando se infrinja el Principio de Alternabilidad en el ejercicio de la Presidencia de la República. Esto quiere decir que no sufriremos más la ambición bastarda de los providenciales ni los serviles, que han devorado el vientre mismo de la patria, podrán sumar unidad alguna en el inventario de la ciudadanía”.

Con esa fórmula constitucional se pretendió conjurar a los espectros siniestros del continuismo y la reelección, que tan dolorosos recuerdos evocaban del “cariato”, como se le conoció a la “era de Carías”. La Constitución del 82 (vigente aún, mientras no la derogue la Sala Constitucional), recogió la prohibición del continuismo y de la reelección.

Los hechos demuestran, sin embargo, que los providenciales “y los serviles que han devorado el vientre mismo de la patria” se impusieron finalmente a la voluntad del pueblo, que, contrario a lo que creían los constituyentes del 57, no hizo uso de su derecho constitucional a la insurrección, lo que inevitablemente nos llevará a aceptar, como parte de nuestro sistema constitucional, el continuismo y la reelección, provocando nuevas y más graves tragedias a la nación.

¿Y usted, distinguido

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