Tóxicos

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Edmundo Orellana
Catedrático universitario

El gremio de los transportistas rechazó enérgica y públicamente la participación de los políticos y de los partidos políticos en el paro que decretaron, como respuesta a algunos de estos que invitaron a sus parciales a solidarizarse con ellos.

No es la primera vez que esto ocurre. El movimiento de los indignados y el de las antorchas, también hicieron público, en su momento, su rechazo a la presencia de los políticos en sus multitudinarias marchas.

Este repudio debía ser motivo de preocupación para los dirigentes políticos. Porque rechazan no solo su presencia sino también su solidaridad en las causas realmente populares, hundiendo su prestigio en un insondable abismo de incredulidad popular.

Los movimientos de los indignados y el de las antorchas, emanados de las entrañas mismas de la sociedad, exigían combatir la corrupción y la impunidad, el de los transportistas, en cambio, es de empresarios que gozan de una concesión estatal para prestar un servicio público cuyos usuarios se cuentan por millones, que despliegan una estrategia empresarial para defender sus intereses comerciales afectados por el aumento del precio del combustible, identificando, muy hábilmente, sus demandas con las del pueblo hondureño, porque su posición es exigir la rebaja del precio de los combustibles, en oposición a la propuesta del gobierno de elevar las tarifas, lo que provocaría, en contra de los transportistas, el rechazo masivo de los usuarios. Astutos los transportistas, pusieron al gobierno en una situación insostenible, manifiestamente contraria al bolsillo de los usuarios, quienes están decididamente del lado de los transportistas, pese a las incomodidades que provoca el paro y a la insistencia de algunos medios, seguramente acogidos al programa de canje de impuestos por publicidad, de colocarlos en su contra.

Han demostrado más organización, disciplina y perseverancia que los indignados y los antorcheros. Los intereses económicos unen más que los valores y principios cívicos en un pueblo cuya cultura nacional es mínima debido a que el régimen político ha eliminado del sistema educativo, desde hace mucho, todo aquello que contribuye al fortalecimiento de nuestros valores culturales nacionales en el marco de los principios democráticos. Y, sin embargo, surgieron los movimientos de los indignados y de las antorchas.

Volviendo a los dirigentes políticos. No fueron bienvenidos en estos movimientos. Ni siquiera con demostraciones de solidaridad. No las necesitaron, según los transportistas, convencidos de que se bastan por sí mismos para luchar y tener éxito. Curioso, puesto que son sus amigos, con los que, algunos de ellos, participaron, en las últimas elecciones, como candidatos a cargos de elección. Si los conocen, ¿por qué desconfían de ellos?

Lo que ocurrió con los indignados y los antorcheros, quienes movilizaron muchedumbres como nadie en la historia, fue muy aleccionador. Su empuje inicial fue suficiente para que el gobierno, presa de pánico, accediera, a regañadientes, a la MACCIH. Sin embargo, recuperó la calma cuando llegaron los políticos porque invisibilizaron a los neófitos dirigentes de estos movimientos, se apropiaron de sus demandas, apoyados por sus activistas, abrazados a sus banderas partidarias y motivados por sus propias consignas. La calle ya no era de aquellos movimientos espontáneos y auténticamente populares, sino de los partidos políticos. De esos momentos estelares, la memoria histórica ofrecerá un primer plano en el que se destacará la imagen de los líderes políticos -rodeados de gases lacrimógenos y amenazantes uniformados armados- y a su sombra la borrosa imagen de los dirigentes indignados y antorcheros, confundidos con la masa.

Dueños de la calle, los políticos pasaron luego, a liderar las protestas postelectorales, contra la ilegal reelección y el fraude electoral, momentos que ofrecieron circunstancias excepcionales para anticipar las elecciones y hasta convocar una Constituyente. Así de frágil estuvo el gobierno. Pero la oposición nunca llegó alcanzar la organización, disciplina y perseverancia del movimiento de los empresarios del transporte. Pese a lo favorable de las condiciones, fue incapaz de estar a la altura del pueblo que ofreció su vida, su integridad y su libertad personal. Más de 20 muertos, según la oficina local del Alto Comisionado de la ONU, incontables heridos y decenas de presos políticos, es el saldo que ofrecen las protestas postelectorales. Nada de lo que se exigía, se logró, pero cansaron a la masa y terminaron desmovilizándola, con sus esperanzas destrozadas. La ausencia del pueblo en el paro del transporte, que sus dirigentes reprochan, encuentra su causa en esta circunstancia.

Hicieron bien, señores transportistas. Evitaron que los dirigentes políticos infectaran su movimiento.

Y, sin embargo, en las próximas elecciones votaremos por los mismos.

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