El buen policía y la paz, lección de derecho en día de la madre

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Rodolfo Pastor Fasquelle

A Gladys Juana, Marta B. y a las madres de nuestros caídos

También he visto la representación del policía supuestamente bueno que marcha en batallón vitoreado, bajo la sombra de un globo inmenso, con la figura de Miki Mouse u otra de Disney, jalado por docenas de hombres fuertes, en los desfiles de Labor Day. Pero yo entendí que existía un policía bueno de verdad en una cantina, en la calle principal del Cayo, en Guanaja. Un galerón climatizado, es decir sin puertas ni paredes, con unas mesas grandes y bancas al aire libre en donde, desde un cuchitril, atrás, con cocina y nevera, se expende cerveza. Cuando visito la Isla –que ahora mismo está.

de fiesta, en Carnaval— antes de remontar el Canal hacia las bahías del Norte, pido que me lleven ahí, a tomar una Salva Vida. En el camino saludo a un par de amigos, comerciantes y profesionistas libres y cariñosos.

Y en ese bar, me gusta contemplar una pintura, hecha por un artista nativo casi olvidado, en realidad un visitante de tantos que, sin habérselo propuesto se quedaron ahí muchos años, inglés creo recordar, de proveniencia. Que después volvió o se fue, sin que se supiera más de él, dejando varias obras maestras sueltas, como la del Green Flash. Porque habiendo llegado con pocos bienes de fortuna, dispuso ganarse la vida y la cerveza pintando paisajes, convirtiéndose ipso facto en el mejor pintor local hasta nuestros días. Habida cuenta de que tenía poca competencia en ese que es más bien un rincón de pesca y contrabando. De religión Metodista relajada (a veces me meto a una iglesia, a escuchar sus canciones corales), angloparlante y devorador del hush popy y la langosta.

Ubicada no estoy claro si en los 1950s o 60s, justo la época en que conocí este lugar, esta es una pintura histórica de estilo naif, que representa a un barco atracado en un muelle, acaso un antecedente de crucero, ¿no está claro? pero un barco grande en proporción a las figuras que suben y bajan y aparecen en la proa. Entre otras, la del policía cuyo nombre y apellido sería vano verter aquí, porque ninguno de Uds. lo conoció o recordara. Me han explicado los lugareños que el retratado era el único policía ahí. Que se había encargado toda su vida de guardar la ley y el orden, sin contratiempo. Vestido en uniforme de tela oscura, que tiene poco de marcial. Más bien, un viejo uniforme de marino. Un quepis y un garrotito. (En muchas partes del mundo civilizado, inglés especialmente, Londres incluido, los policías llevan solo un garrote, como antes, en tiempos coloniales, nuestros alcaides llevaban solo una delgada vara de madera.) Que no radicaba en el arma su autoridad, sino en el consentimiento de la comunidad circundante. Me gusta, mientras gusto la cerveza, pensar un poco en cómo habrá sido Guanaja en ese tiempo, que ya no es. Ahora hay Fusep y los guardias armados de las empresas se dan el lujo de quebrarle la madre a cualquier insolente. Aquel era un policía que respeto, el único que quisiera tener, o debiera haber. El bueno

No alcanzan a tanto ni están a salvo de sospecha, porque tampoco han controlado como tendrían que hacerlo, la violencia asesina de grupos o escuadrones que cumplen el papel que antes las hordas. Pero me ha gustado mucho que el Ejército Sandinista y los policías de Nicaragua le advierten a Daniel Ortega que ellos van a prevenir desórdenes y daños, pero no se van a prestar para reprimir las manifestaciones que aglutinan a una multitudinaria y variopinta población descontenta. Que llegue a un acuerdo con su oposición, porque ellos no han sido instituidos para servir a propósitos personales o de clica, si no a la población que está en la calle. La Asamblea nombró ya una Comisión para investigar los crímenes contra los manifestantes.

Aquí en cambio seguimos escuchando Informes internacionales, el ultimo del Relator para Los Derechos de NNUU, que vino a una larga visita la semana pasada confirmando lo que por las redes sociales ya sabíamos quienes buscamos informarnos. Que pese a un gran esfuerzo por aparentar lo contrario por parte del gobierno de Honduras, aquí se ejerce una presión continuada desde los órganos de la fuerza pública sobre los pobladores que defienden sus derechos y presión especialmente mortífera en cuanto se refiere a los defensores de los manifestantes. Una pena porque eso desautoriza a las instituciones, mina el orden que deben garantizar e inspira la burla en su contra. Lo deslegitima.

El respeto al derecho ajeno es la paz decía Juárez y todos lo repiten. Pero no lo acatan. Los ciudadanos de una república tienen un derecho inalienable a su libertad de pensamiento y expresión. No solo pueden gritar fuera JOH como aun hacía mi madre nonagenaria con una voz casi inaudible hace unos días, y llamarle a cualquier político delincuente, sin que pueda interferir autoridad para impedirlo. Colectivamente esa ciudadanía puede optar por una insurrección y ocupar la vía pública, cuando su ley fundamental explícitamente lo autoriza, sin que la fuerza armada instituida para guardar esa ley o defender las fronteras pueda ser llamada a impedirlo. Aunque eso ocasione daños al capital que -por lo mismo- debe interesarse en que la población este satisfecha con su gobierno. Porque las plazas, calles y carreteras, muelles y aeropuertos, Coronel son bienes públicos, son del pueblo, no de políticos, gobernantes, empresarios u otra entelequia, quienes por lo tanto no pueden invocar su protección contra el derecho del dueño. Y porque la autoridad debe custodiar la ley de todos antes que los intereses particulares de algunos.

Desde el golpe, y más luego que se inició el gobierno de Juan y aún más desde fines del año pasado, y no lo digo yo, lo dice NNUU, en manos de militares entrenados para destruir a enemigos, la policía ha violado sistemáticamente los derechos ciudadanos que existe para proteger. Da pena ajena verlo, salvo cuando da furia. Como da pena ver a la prensa que debe orientar, colaborando con esa militarización, poniendo en primera plana en día de la madre, fotografías de mujeres armadas y vestidas de fatigas, que supuestamente son madres, también. Y a soldados que posan, llevándoles regalos a madrecitas ancianas. Como si quisieran engañarnos representando como buenos policías a este género de chepo infame, que ha asesinado a gente inocente para reprimir y aplacar la indignación ciudadana, en beneficio de un dictador y detrimento de la legitimidad de la autoridad y de su propia imagen ante la población y la historia. ¿De verdad no hay nadie ahí que piense? ¿No hay un soldado con honor en sus filas? ¿Nadie con el coraje suficiente? ¿Ningún policía bueno? ¿Ni uno?

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